José Lozano Inuma recuerda una época en la que las orillas de Moronacocha estaban cubiertas de camu-camu. Los frutos maduraban, caían al agua y, con el tiempo, adquirían un color oscuro. Sin embargo, casi nadie los recogía. Las madres y los abuelos advertían a los niños: “Eso es veneno, no toquen”.
osé obedecía aquella recomendación. Mientras los frutos se acumulaban y se desperdiciaban en el lago, él se dedicaba a pescar con anzuelo en medio de Moronacocha. Había abundancia de peces y el camu-camu era considerado apenas una parte del paisaje, sin el valor alimenticio, medicinal y comercial que se le reconoce actualmente.
Su recuerdo muestra que la relación con la naturaleza también cambia con el conocimiento. Una planta puede estar presente durante generaciones sin ser aprovechada de la misma manera. Lo que antes despertaba desconfianza se convirtió después en uno de los frutos más representativos de la Amazonía.
Pero el paisaje donde crecía naturalmente también fue desapareciendo. José recuerda extensos camucamales junto a grandes árboles y bosques que, con el tiempo, fueron talados. Parte de la madera se utilizó para producir carbón y los antiguos montes terminaron convertidos en terrenos abiertos. Hoy existen plantas de camu-camu sembradas nuevamente, pero ya no es fácil encontrar la continuidad de aquellos manchones naturales alrededor de todo el lago.
La memoria del supuesto fruto venenoso contiene una pequeña paradoja. Mientras las personas aprendieron a valorar el camu-camu, el ecosistema que lo producía comenzó a deteriorarse. Recuperar este relato permite reconocer cuánto han cambiado tanto nuestros conocimientos como el territorio. También recuerda que proteger una especie exige conservar el agua, el suelo y el bosque que hicieron posible su abundancia.

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