Mirian Luna García nunca imaginó que terminaría viviendo sobre lo que alguna vez fue una cocha. Cuando llegó, el terreno era húmedo, fangoso e inestable. Con el tiempo se levantaron casas, se rellenaron espacios y aparecieron calles, pero para ella el agua nunca abandonó completamente el lugar.
Mirian cuenta que, algunas noches, el suelo parece sacudirse como durante un pequeño temblor. Su explicación nace de la memoria amazónica del territorio: debajo podrían permanecer el agua y los seres que antiguamente habitaban la cocha. La experiencia cotidiana también le ofrece señales concretas. Cuando se cava varios metros, el agua continúa filtrándose. El suelo se mueve, tiene una consistencia gelatinosa y algunas paredes de ladrillo se agrietan porque fueron construidas sobre un terreno que nunca llegó a secarse por completo.
Para Mirian, esta presencia no es solamente física. El espíritu del agua continúa allí, debajo de las viviendas y los patios. Las antiguas cochas pueden haberse reducido o haber quedado ocultas por los rellenos, pero todavía sobreviven pequeños cuerpos de agua detrás del Hospital III de EsSalud y en las huertas de algunas familias. Son fragmentos visibles de una geografía mucho mayor.
Su recuerdo invita a mirar el barrio de otra manera. Las casas, las calles y los campos deportivos forman la superficie actual; bajo ellos permanece una historia hecha de lagos, aguajales y tahuampas. El agua sigue filtrándose, moviendo el suelo y reclamando su lugar.
Decir que debajo de las casas todavía vive el agua no es solo una imagen poética. Es reconocer que la ciudad fue construida sobre un territorio acuático cuya memoria continúa manifestándose, incluso cuando ya no podemos verla.

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