Cecilia Vargas recuerda un día en que llegó a Cabo López acompañada por otras dos jóvenes. Iban a visitar a su madre, pero en ese tiempo no existía una pista que facilitara el recorrido. Para llegar tuvieron que entrar por la quebrada Aguas Negras, atravesando el pasto del señor Pascual.
Era temporada de creciente. El agua les llegaba hasta el cuello y el puente estaba completamente inundado. Para evitar que sus pertenencias se mojaran, las tres colocaron la carga sobre sus cabezas y continuaron avanzando. A pesar de la profundidad, cruzaron haciéndose bromas, como si aquel trayecto extraordinario formara parte natural de la visita.
El relato permite imaginar un Cabo López muy diferente. Aguas Negras era una quebrada conectada con Felipe Caño y rodeaba buena parte del territorio. Durante el invierno, el agua transformaba los caminos y Cabo López podía quedar prácticamente aislado. La población se desplazaba reconociendo los bajiales, las quebradas y los cambios de profundidad.
Actualmente, gran parte de esa geografía está ocupada por viviendas y calles. Lo que antiguamente funcionaba como límite natural entre Cabo López y la zona donde hoy se encuentra la avenida Participación ha sido rellenado, alterado o incorporado a la expansión urbana.
La historia de Cecilia no habla únicamente de una inundación. Muestra una forma de habitar el territorio en la que el agua determinaba las rutas, los tiempos y hasta la manera de transportar una carga. También conserva una escena profundamente humana: tres jóvenes atravesando el agua hasta el cuello, riéndose mientras intentaban llegar a casa.
En su memoria, Aguas Negras vuelve a ser camino y la creciente recupera por un instante el espacio que alguna vez ocupó.

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