Hubo un tiempo en que las familias de Cabo López acudían a Felipe Caño para pasar el domingo. Se bañaban, pescaban con anzuelo y compartían lo obtenido durante la jornada. Cecilia Vargas resume aquellos días con una expresión sencilla: “Del caño a la olla”.
Felipe Caño era considerado la despensa de la comunidad. En sus aguas había acarhuazú, bagres, juasacos, lisas, tucunarés y otras especies. Los peces capturados podían cocinarse inmediatamente y convertirse en el alimento compartido por familiares y vecinos. El agua también servía para lavar, cocinar y bañarse. Cecilia recuerda que la utilizaban cotidianamente sin enfermarse.
El caño no era solo una fuente de recursos. Era un lugar de descanso y encuentro. Allí se fortalecían los vínculos entre las pocas familias que habitaban Cabo López durante sus primeros años. La pesca, los baños y las comidas ayudaban a construir una comunidad en la que el agua ocupaba el centro de la vida social.
Hoy el recuerdo contrasta con el estado del caño. La contaminación, los residuos, la deforestación y la ocupación desordenada de sus alrededores redujeron la pesca y volvieron peligrosa el agua. Las familias que antes bebían y cocinaban con ella ahora deben comprar agua para su consumo. Algunos pobladores dicen que Felipe Caño está enfermo y pide auxilio.
Recordar los domingos “del caño a la olla” no significa idealizar el pasado. Permite comprender concretamente qué se perdió: alimento, autonomía y un espacio donde la comunidad podía reunirse. La historia de Cecilia también guarda una posibilidad de futuro. Si el caño fue alguna vez lugar de vida compartida, su recuperación podría volver a convocar a los vecinos alrededor del agua.

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