Una noche, Rosa Tuanama Gutiérrez salió de su casa preocupada porque uno de sus hijos aún no regresaba. Cerca de la boca del alcantarillado vio una figura que no esperaba encontrar: una persona muy alta, de piel blanca, vestida con pantalón negro y camisa blanca. Permanecía de pie, inmóvil, junto a la entrada del desagüe.
Más tarde, cuando Rosa se quedó dormida, aquella presencia apareció en sus sueños. Parecía preguntarle qué hacía ella allí a esa hora. Rosa entendió el encuentro desde los conocimientos que había recibido desde niña: la boca del alcantarillado tenía una madre, un espíritu que salía durante la noche.
El lugar donde ocurrió esta experiencia no siempre fue un desagüe. Antes de la urbanización, el territorio estaba compuesto por cochas, aguajales y zonas inundables. El agua circulaba a través de caños naturales y sostenía una gran diversidad de plantas y animales. Con el crecimiento de la ciudad, uno de esos cauces terminó convertido en receptor de aguas servidas y residuos.
El relato de Rosa reúne dos momentos del mismo paisaje. Por un lado está el antiguo territorio acuático, habitado por fuerzas protectoras; por otro, el alcantarillado actual, contaminado y rodeado de viviendas. Aunque el entorno cambió, la presencia espiritual no desapareció: se adaptó al nuevo espacio.
Para muchas familias amazónicas, decir que el agua tiene madre significa reconocer que no es una cosa inerte. El agua posee vida, voluntad y exige respeto. La figura observada por Rosa permanece como una advertencia y también como una memoria: incluso un cauce transformado en desagüe conserva algo de aquello que fue antes de la ciudad.

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