Antes de que existieran los asentamientos humanos 21 de Setiembre e Iván Vásquez Valera, esta parte de Punchana era un territorio marcado por el agua. Había una gran cocha, tahuampas y zonas inundables conectadas con el río Nanay. En verano aparecían pequeñas orillas que servían como puertos; durante la creciente, el agua avanzaba hasta alcanzar el lugar donde hoy se encuentra el mercadillo de Las Malvinas.
Eneida López llegó a Las Malvinas cuando tenía siete años. Recuerda que acudía con frecuencia a la cocha y pescaba junto a su padre. Ana Alvis Meza conserva memorias semejantes, algunas transmitidas por su abuela Haydé López y otras vividas directamente. Las canoas eran parte indispensable de la vida cotidiana: permitían atravesar las tahuampas, visitar a otras familias y llegar hasta los lugares de pesca.
Cuando el agua subía, las canoas dejaban de amarrarse en los puertos de verano. Los pobladores las sujetaban con cuerdas a los escalones de las casas. Ana recuerda que su padre también alquilaba canoas a quienes querían ir a pescar. En aquellas aguas se encontraban acarhuazú, shuyo, juasaco, shiruy y otros peces que ayudaban a alimentar a las familias cuando faltaba dinero para acudir al mercado.
Hoy resulta difícil reconocer aquella geografía en medio de calles, viviendas y terrenos rellenados. Sin embargo, la memoria de las canoas atadas a las casas revela que este barrio no nació sobre un espacio vacío. Debajo de su historia urbana permanece el recuerdo de un territorio donde las personas aprendieron a vivir siguiendo la creciente y la vaciante.

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